A 12 años de su inicio
Francisco: ¿Un pontificado audaz?

Periodista
Desde su elección como Obispo de Roma, en 2013, dirige la Iglesia sin alzar la voz, pero con autoridad. El verdadero cambio es el reacomodamiento del colegio cardenalicio.
Estos doce años del papa Francisco como líder urbi et orbi del Estado de la Ciudad del Vaticano y de 1.400 de millones de fieles católicos, en momentos que se encuentra recuperándose de su ingreso más prolongado al policlínico Gemelli, llevan a un inexorable balance máxime cuando algunos sectores se apresuraron solapadamente en esparcir vientos de fumata blanca.
Ciertamente, su salud preocupa y mucho no solo a la feligresía sino también a todos aquellos que siguen con atención la figura de uno de los líderes más disruptivos y conservadores al mismo tiempo tanto en el plano religioso como político, especulando sobre si en esta etapa de su pontificado seguirá los pasos de San Juan Pablo II o de su antecesor Benedicto XVI.
Precisamente, el vínculo entre ambos fue motivo de numerosas especulaciones, no solo desde el 13 de marzo de 2013, sino desde el mismo momento en que Benedicto XVI anunció su renuncia y aún se desconocía el nombre de su sucesor; por primera vez en la historia moderna la Iglesia tendría dos papas.
Podrían debatirse y considerarse el rol y las atribuciones del papa saliente y las consideraciones y atenciones de uno para con otro, pero lo cierto que ese escenario configuró en los inicios del pontificado de Francisco un frente inesperado de tormenta al cual prestar atención. No porque el papa emérito fuera a conspirar contra su sucesor, sino porque fuerzas internas que involucraron incluso a cardenales pretendieron instalar la teoría de un gobierno colegiado: la experiencia curial de uno frente a la novedad de un papa latinoamericano venido del fin del mundo. Nada más lejos de la realidad.
Un segundo elemento que le causa mucho dolor y que sobrevoló la segunda mitad de su papado es la “tercera guerra mundial a pedacitos” que ya en el 2021 pronosticó frente a los conflictos que se desataron en distintas partes del mundo algunas regiones de África como el norte de Nigeria, el norte del Congo, Myanmar y los rohingya- y que tuvo su punto máximo con la guerra entre Rusia y Ucrania. “Pero el peligro es que solo veamos esto, que es monstruoso, y no veamos todo el drama que se está desarrollando detrás de esta guerra, que tal vez de alguna manera fue provocada o no evitada. Y registro el interés por probar y vender armas. Es muy triste, pero al final es lo que está en juego” señaló en una entrevista a la revista Civittá Cattolica en el 2022.
También está en juego, ya sea de manera provocada o no evitada, el olvido de las raíces cristianas de Europa, el continente que está desconociendo su propia historia, renegando de su pasado y sufriendo el presente con las guerras, el arribo masivo de inmigrantes, la secularización de su cultura y la natalidad en baja. Al igual que sus predecesores, Francisco alzó la voz a lo largo de estos años para arengar a Europa a recuperar la mística de los padres fundadores y redescubrir sus valores fundacionales.
Este liderazgo sobresaliente marcó su camino desde el primer momento en que salió al balcón como nuevo Obispo de Roma: sereno, firme en la mirada y los gestos, con autoridad en sus palabras sin alzar la voz, delineando claramente el horizonte al cual ir, Francisco se convirtió en un faro que trasciende a los católicos. Por más que en Argentina se lo reduzca a lo meramente político -con minúscula- él, al igual que sus predecesores, es un artesano de la “política con mayúscula” que es la política como servicio. Es la política con el pueblo y no solo para el pueblo. Es la política en un sentido humanista e integral y no en clave populista, como se esmeran en deformar algunos.
A lo largo de estos años, y cada año, el Papa llevó adelante la reforma que, a mi entender, es la más profunda y que marcará el rumbo de la Iglesia de los próximos decenios. Es una reforma silenciosa, desapercibida para la mayoría y en apariencia sin efectos prácticos o inmediatos como la reestructuración de la Curia romana; el endurecimiento de las medidas en materia de abusos sexuales; las políticas de déficit cero o la incorporación de laicos o mujeres en puestos clave de gobierno. La reforma a la que me refiero es el audaz reacomodamiento del tablero cardenalicio, de aquellos purpurados que serán los responsables de elegir a su sucesor, lo que consolida su influencia de cara al futuro de la Iglesia.
Analicemos los números: del total de 251 cardenales que tiene hoy la Iglesia (originalmente eran 252, pero el cardenal Angelo Becciu renunció por procesos en su contra), 137 son electores, es decir, tienen derecho al voto, y 114 son no electores porque al ser mayores de 80 años tienen voz, pero no voto en un cónclave. Pero lo más interesante es sobre los 137 cardenales electores actuales: 109 han sido nombrados por Francisco, es decir, el 79%. Cuatro de cada cinco cardenales que elegirán al sucesor de Francisco habrán sido nombrados por él. El resto de los cardenales electores fueron creados por Benedicto XVI (23) y Juan Pablo II (5).
Con un claro criterio de mayor dispersión geográfica en cuanto a la procedencia de los purpurados y de menor peso de los principales países, teniendo en cuenta cónclaves anteriores, Francisco dejó en claro que los cardenales tienen que expresar la universalidad de la Iglesia y no solo de las conferencias episcopales con mayor peso por su historia. El Pontifex jesuita y latinoamericano no es mejor ni peor de quienes lo precedieron, ni de quien lo sucederá, si no es distinto. Es el Papa que la Iglesia quiso para el momento histórico para el cual fue elegido y en el cual tiene que llevar adelante su misión de líder y pastor universal.