El mundo que no todos ven
Una mirada al silencio que habla: el autismo de Tomás encontró su lugar

Psiquiatra
Un joven con autismo, una familia que busca entenderlo y un mundo que muchas veces no sabe cómo incluir. Una historia contada desde el consultorio, donde, más que curar, se trata de acompañar y tender puentes.
Tomás llegó a mi consultorio acompañado de sus padres, Ana y Jorge, una tarde de primavera que traía un calor pegajoso por la ventana entreabierta. Tenía 20 años, una sonrisa tímida que asomaba de a ratos y unos ojos verdes que brillaban tras unas gafas grandes, como un escudo contra el mundo exterior. Su ropa era particular —una remera de Dragon Ball y jeans gastados—, y cargaba una mochila infantil que desentonaba con su edad. Adentro llevaba cuadernos de la universidad, un lápiz mordido y un peso invisible que lo acompañaba desde chico. No era el típico paciente que te desborda con su historia: sus palabras eran pocas, su mirada esquiva, y el silencio entre sus frases pesaba más que lo que decía.
“No entiendo a la gente”, soltó, con una mezcla de frustración y resignación que cortaba el aire. Hay pacientes que te obligan a afinar la vista: los gestos de Tomás —manos inquietas, una pausa antes de hablar, el ajuste constante de sus gafas— eran señales que ya había visto antes, pistas que el ojo no entrenado pasa por alto. Costó que las palabras fluyeran, que el vínculo se tejiera; era como abrir una puerta con una cerradura oxidada. “¿Cómo vinieron desde Martínez?”, pregunté, buscando un puente, y su rostro se iluminó como si el sol hubiera entrado de golpe. “En tren,” dijo, y empezó a hablar de máquinas que largan vapor, de locomotoras que rompen la velocidad del sonido en andenes magnéticos, de detalles que fluían como un río desbordado.
Ana agregó con voz suave: “Siempre fue distinto, pero no supimos qué hacer hasta hace poco”, mientras Jorge asentía en silencio. El autismo de Tomás no era un grito; era un murmullo que lo había acompañado toda la vida, y ahora, en la adultez, ese murmullo se volvía un eco que no lo dejaba en paz.
El origen de un mundo diferente
¿De dónde viene esto? Tomás creció en un mundo que no entendía sus reglas, un lugar donde las normas tácitas eran jeroglíficos imposibles. Desde chico, las luces fuertes lo abrumaban como focos de estadio; los ruidos —un portazo, un timbre, el bullicio de la calle— lo hacían taparse los oídos, construyendo un muro contra el caos. Las charlas de los demás, llenas de dobles sentidos y risas que no captaba, eran un rompecabezas sin piezas.
“Me encerraba en mi cuarto con mis trenes,” me dijo, y su voz se suavizó al recordar cómo ordenar vagones en fila era su refugio, su manera de darle orden a un universo que no lo tenía.
Según el manual DSM-5, el trastorno del espectro autista (TEA) se define por déficits persistentes en la comunicación e interacción social —como problemas para compartir emociones o interpretar gestos— y patrones restringidos o repetitivos, como su fijación con los trenes o su hipersensibilidad a estímulos sensoriales.
Ana y Jorge buscaron respuestas durante años. El diagnóstico de Asperger llegó tarde, a los 14, tras una infancia llena de etiquetas erróneas: ansiedad, timidez extrema, rareza.
En Argentina, la edad promedio de diagnóstico ronda los 3 a 6 años, según estudios locales y se estima que afecta al 1% de los niños, unos 1 de cada 100, de acuerdo con la Sociedad Argentina de Pediatría.
“No es que no quiera conectar; es que no sé cómo,” confesó Tomás. El autismo no es ausencia de emociones ni un corazón frío; es un idioma distinto, una forma de ver que el mundo no siempre traduce, un lente que enfoca donde otros desenfocan.
Una vida compartida
La vida de Tomás no es solo suya; es también la de Ana, Jorge y sus hermanos, una familia que se fue tejiendo en torno a sus diferencias como una manta hecha de retazos desiguales.
“Nos costó acomodarnos,” admitió Ana, con los ojos húmedos y una mano apretando un pañuelo que no usaba. Habían vivido años de desconcierto: cumpleaños donde él se iba a un rincón con un tren en la mano, peleas por no mirar a los ojos, agotamiento ante preguntas que no podían detener —“¿por qué la gente se ríe así?”, “¿qué significa ese gesto?”— y culpas que caían como piedras.
Jorge, más reservado, recordaba noches explicándole al pequeño Tomás por qué el mundo no paraba de girar. Pero dieron con un colegio que los contuvo, una comunidad de compañeros y profesores que se permitieron descubrir su mundo, que vieron en su silencio algo más que distancia.
El autismo trae un desafío doble: para quien lo vive, es navegar un caos sensorial y social; para quienes lo rodean, es aprender a querer sin entender del todo.
Y hay luz: Tomás tiene una memoria prodigiosa —recuerda fechas de hace una década y resuelve cálculos matemáticos complejos en segundos— y un humor seco que, cuando asoma, ilumina todo.
“Es nuestro Tomás, y no lo cambiaría, pero a veces pesa,” dijo Ana, con orgullo y cansancio cruzados en la voz.
El peso de la soledad
¿Qué pesa en su cabeza? La soledad no es solo estar solo; es sentirse fuera, siempre un paso atrás, como un espectador en una obra que no comprende.
“A veces quiero desaparecer,” me dijo una tarde, no como amenaza, sino como un cansancio hondo que se le escapaba. La depresión se cuela fácil en el TEA: estudios sugieren que hasta un 40% de los adultos autistas la enfrentan, con ansiedad en cifras aún más altas.
En Argentina, el 80% de los adultos con TEA están desempleados, según Autismored (2023), reflejando barreras sociales y laborales.
El ruido del mundo —bocinas, charlas rápidas, gritos— lo agotaba, y las relaciones eran un terreno minado. Pero no todo era sombra: “Me gusta mi rutina,” admitió, y en esa estructura encontraba un ancla.
Hoy estudia ingeniería mecánica, un refugio tras años en colegios que no lo entendían, y ha logrado una vida social como cualquier pibe de su edad: sale con amigos, comparte mates, encuentra su lugar.
“Allí me siento menos perdido,” me dijo, y supe que los trenes no eran solo un hobby: eran su manera de darle sentido al caos.
Tender puentes, no curar
¿Qué hacemos con esto? No se trata de curar lo que no está roto, sino de tender puentes. La psiquiatría no cambia el autismo, sino que lo acompaña: terapia para sortear el torbellino interno, fármacos para calmar la ansiedad y un espacio donde el silencio hable.
El diagnóstico temprano es clave. Tony Attwood, autor de The Complete Guide to Asperger’s Syndrome, aporta herramientas: guiones sociales y juegos de rol que psicólogos usan para enseñar socialización. Terapeutas ocupacionales ajustan el entorno —luces tenues, horarios claros—, y la psicoeducación enseña a padres como Ana y Jorge a no forzar abrazos y a valorar los trenes.
La comunidad suma: en el colegio, compañeros que explican reglas tácitas; en un club de ajedrez, donde su mente matemática brilla, un equipo que celebra su estrategia en vez de señalar su distancia.“ No es un problema para solucionar; es una persona para entender,” dijo Ana, y esa frase se quedó conmigo.
El autismo no es una enfermedad, es una condición; si te toca, no lo mires de lejos. No es un vacío, es un mundo que pide ser visto, con sus propias leyes.
Tomás me enseñó que el silencio no es quietud: a veces es un grito mudo, a veces un refugio, a veces una puerta. Desde mi silla en Recoleta, lo digo claro: no se trata de encajar a la fuerza, sino de hallar un lugar donde el eco tenga sentido. La vida no tiene que ser un laberinto eterno; con paciencia, se dibuja un mapa.
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