Una escena que descolocó a todos
Pedro en la Rosada: retrato de un chico con sueños grandes

Periodista.
Pedro tiene 10 años, ama la política y sueña con ser ministro de Economía. Hoy cumplió un deseo improbable: conocer a Javier Milei en la Casa Rosada. Pero su historia es mucho más que una foto viral.
En un país donde la política suele ser terreno exclusivo de adultos en pugna, la aparición de un chico de 10 años en la escena pública, hablando con soltura sobre ministros y economía, parece casi una fábula contemporánea. Pero Pedro existe, se llama así, tiene 10 años y esta semana cumplió su sueño: conocer a Javier Milei en la Casa Rosada.
La historia fue breve pero fulminante. El 2 de abril, mientras se cubría el acto por el Día de los Caídos en Malvinas, Pedro se acercó a un móvil de Telefe y declaró ante las cámaras que le gustaba más la política que los dibujitos, que de grande quería ser ministro de Economía, y que soñaba con conocer a Milei. Lo dijo sin timidez ni cálculo, con la naturalidad de quien no necesita impostar nada. A las pocas horas, estaba entrando a la Casa de Gobierno de la mano de su mamá, Carmen.
El presidente lo recibió en su despacho. Pedro corrió a abrazarlo y lloró. La escena fue emotiva, pero no fue sólo eso. Después del llanto vino la charla. Pedro compartió con Milei una observación sobre la arquitectura de la Casa Rosada, habló de historia, preguntó. Posó con la motosierra, símbolo del recorte estatal, y salió al balcón presidencial para saludar como si llevara años ensayando ese gesto.
Pero para entender a Pedro hay que mirar un poco más allá del fenómeno viral. No es un chico común, aunque tampoco es un prodigio de laboratorio. Le apasiona investigar, hacer preguntas, leer. Tiene una fascinación particular por Londres y un acento británico que desconcierta cuando habla en inglés. Es creativo, divertido, cerebral y desfachatado al mismo tiempo.
El secreto de esa alquimia está, como tantas veces, en la familia. Su padre, Giorgio, es un ingeniero ítalo-argentino que encaja perfecto en el molde del pensador silencioso, amante de los libros y las ideas abstractas. Las charlas entre ellos pueden pasar de Keynes a Tolkien sin escalas. Su madre, Carmen, es nutricionista y pura energía. Ella lo lleva a jugar al fútbol, lo inscribe en maratones y llena el auto de amigos cada vez que hay un cumpleaños. Uno empuja hacia el mundo, el otro lo invita a pensarlo. Pedro es esa mezcla: intensidad y encanto, reflexión y espontaneidad.
En redes sociales lo bautizaron “el nene libertario”. Algunos lo celebraron, otros se escandalizaron. Pero más allá de las etiquetas, lo que Pedro hizo fue colarse —con un entusiasmo desarmante— en el centro de una escena que normalmente no le pertenece a los chicos. Y allí, sin pedir permiso, dejó una imagen difícil de olvidar: un niño pequeño que se emociona al abrazar a un presidente y que, en voz alta, dice que quiere estar ahí. No para la foto. Para cambiar las cosas.