A 43 años de la guerra
Malvinas: recordar y dar nuevo sentido a la gesta

Periodista.
Un país mejor será el mejor homenaje a aquellos héroes que combatieron en el pacífico sur en 1982 durante la última dictadura.
Con el paso del tiempo los hechos que calan hondo en el alma de un pueblo no se borran, sino que se reconfiguran: poco a poco van adoptando otras formas en la mente colectiva. Quizá no nos dimos cuenta, pero ya pasaron 43 años desde aquel 2 de abril. Los que entonces tenían 20 ya pasaron los 60, son padres y abuelos, vivieron muchas más cosas después de aquellas jornadas irrepetibles.
Sus hijos y nietos, tan argentinos como ellos, heredaron por serlo el derecho de ver el pasado del modo que mejor les parezca y en muchos casos no aprecian las situaciones y las circunstancias igual que sus mayores. Opinan más libremente, no respiran aquel aire enrarecido de las semanas de la guerra.
El transcurso de los años traslada muchos elementos de nuestra existencia desde la memoria hasta el ámbito de la historia. Allí la referencia mayormente personal, la vivencia, el miedo, dejan espacio a una mirada de mayor alcance. Así pasó en cada episodio crucial de nuestra existencia como nación. Así ocurre, como no podría haber sido de otra forma, con el tema Malvinas.
Por más de un motivo, aquellos dos meses y medio constituyeron un tramo excepcional dentro de nuestro discurrir común. Habíamos tenido guerras civiles (casi continuas durante cierto período); habíamos peleado en guerras contra otros países (contra los ingleses en 1806 y 1807, contra España por la Independencia, contra el imperio brasileño, contra el Paraguay), habíamos vivido enfrentamientos partidarios con mayor o menor dosis de violencia, además de golpes de Estado en tal o en cual pretendida dirección ideológica. Pero faltaba que a más de un siglo de los últimos cañonazos bélicos nos lanzáramos a enfrentar a una potencia mundial, respaldada además por otras igual o más poderosas.
No sabemos con certeza qué pensaron quienes condujeron a la Argentina a aquella encrucijada trágica –toda guerra lo es-. Pero sí sabemos qué pensó la gente común, cómo reaccionó y cómo expresó esa reacción, en coincidencia fáctica con quienes por entonces gobernaban el país. Palabras como patriotismo o héroes volvían a escucharse en los relatos de quienes describían lo que estaba pasando en el frente malvinense.
Quizá no se haya observado lo suficiente una secuencia temporal relevante.
Primer tramo: apenas unos pocos días antes del desembarco hubo en Buenos Aires y otras ciudades manifestaciones imponentes de rechazo al gobierno y en reclamo de una pronta normalización institucional. Esas expresiones masivas fueron duramente reprimidas; quien firma estas líneas puede certificarlo en su carácter de cronista de los hechos.
Segundo: iniciada la acción militar, las concentraciones multitudinarias de apoyo colmaron las plazas de todo el país. Los mismos que habían salido la primera vez a reclamar libertad, ahora lo hacían para vivar a la Patria y a los que estaban peleando por ella.
Tercero y último: después de la rendición del 14 de junio, el clima social retornó a su estado pre-Malvinas, con el agregado de que en las protestas posteriores el “tema Malvinas” se sumó a la lista de cargos que se presentaban contra las autoridades.
El pueblo priorizó la causa de las islas por sobre las quejas ante una realidad interna opresiva. En la visión del hombre y la mujer de a pie, se entendió que el apoyo a la Patria y a su integridad territorial requería dejar para más adelante las discusiones de fronteras para adentro.
Por eso los argentinos se sintieron defraudados. La magnitud del llamado del 2 de abril suponía tener mucho mejor sopesados sus riesgos y sus consecuencias. Para colmo, el gobierno ejerció sobre la prensa una política de cerrojo, acaso creyendo que en la era de las comunicaciones –ya en 1982 podía hablarse de ese modo- iba a conseguir manejar a gusto y conveniencia el flujo informativo.
Pese a las intensas presiones, la verdad de los hechos fue llegando poco a poco a conocimiento de los argentinos. Luego del fin de los combates esa verdad estalló y ya no hubo forma de impedirlo.
Las nuevas generaciones conocieron la historia real de boca de sus familiares, fueran éstos combatientes o testigos. Los años pasaron y nuevos elementos de interpretación permitieron que más argentinos se acercaran al doloroso asunto. El resto ya es presente.
¿Qué implica hoy recordar Malvinas?
A esta altura de la vida nacional, bastante más que repudiar la presencia extranjera en territorio propio. Tampoco alcanza con reclamar retóricamente “unidad” sin describir con precisión en torno a qué debería darse de veras esa unidad. La historia enseña que los pueblos no se unen auténticamente si no es ante una catástrofe, un peligro común o una felicidad desbordante. En el resto de las circunstancias exhiben diferencias y las procesan con mayor o menor grado de tolerancia recíproca.
Recordar Malvinas hoy supone convencernos de la conveniencia de emprender de una vez la marcha por un camino arduo y complejo que nos devuelva a la posición relativa que alguna vez tuvimos como nación, y que perdimos. Una marcha silenciosa, sin consignas y sin crear enemigos para que “nos motiven”, trabajando mucho y bien, creyendo en las ventajas del esfuerzo y de la creatividad. Porque ser serio y eficaz ayuda, no lo dudemos.
En esas condiciones “los otros” tendrán más cuidado a la hora de vincularse con la Argentina. Y nuestros reclamos, ante quienes corresponda hacerlos, tendrán más peso.
En síntesis: un país mejor será el mejor homenaje que podemos brindar a nuestros héroes.