Psicología y poder en la historia argentina
Juan Manuel de Rosas: entre el miedo y el carisma

Historiadora.
En un nuevo aniversario de su nacimiento, exploramos la compleja psicología de Juan Manuel de Rosas, un líder que combinó astucia, terror y carisma para consolidar su dominio en la Argentina del siglo XIX.
Este 30 de marzo se conmemora un nuevo aniversario del nacimiento de Juan Manuel de Rosas, una figura de gran complejidad psicológica cuyo liderazgo se basó en una combinación de astucia, autoridad y una marcada capacidad para imponer el orden. Su personalidad ha sido objeto de múltiples estudios, y autores como José María Ramos Mejía, Adolfo Saldías y Lucio V. Mansilla han dejado valiosas apreciaciones sobre su carácter.
Ramos Mejía describe a Rosas como un hombre de "férrea voluntad, incapaz de ceder ante la adversidad". Desde joven mostró una notable capacidad de liderazgo. Su formación en el ámbito rural le permitió desarrollar un carácter recio, acostumbrado al mando y al control absoluto de su entorno. Sin embargo, también en su juventud se manifestaron algunos de los rasgos más oscuros de su personalidad. Ramos Mejía menciona episodios en los que Rosas maltrataba animales con crueldad, una conducta que anticipaba su frialdad y su inclinación por el uso de la violencia como herramienta de dominio:
"Inventaba tormentos para martirizar a los animales y (…) sus juegos en esta edad de la vida en que ni el más leve sentimiento inhumano agita el alma adolescente consistían en quitarle la piel a un perro vivo y hacerle morir lentamente, sumergir en un barril de alquitrán a un gato y prenderle fuego, o arrancar los ojos a las aves y reír de satisfacción al verlas estrellarse contra los muros de su casa".
No obstante, también contamos con descripciones más amables del Restaurador. Según Charles Darwin, Juan Manuel de Rosas era:
“Un hombre de extraordinario carácter, que ejerce la más profunda influencia sobre sus compañeros; influencia que sin duda pondrá al servicio de su país para asegurar su prosperidad y su dicha (…). Dirige admirablemente sus inmensas propiedades y cultiva mucho más trigo que todos los restantes propietarios del país” (citado en Carretero, 1970: 35-37).
Mientras que Vicente Fidel López lo definió como:
“Hombre ignorado hasta entonces, era este campesino un estanciero sin rival en el duro trabajo de domesticar ganados y caballos salvajes. (…) Se fingía modesto y recatado en las escasas visitas que hacía a la capital. Pero allá en los campos era tan brutal en los juegos hípicos que no se contentaba sino haciendo víctimas (…). Alto, hercúleo, de semblante rubio, de ojos azules y de hermosa figura, tenía no sé qué avasalla bárbaros”.
Autoritarismo, Control Absoluto y Locura
Adentrándonos en su accionar político, su gobierno estuvo marcado por un autoritarismo sin concesiones. Según Ramos Mejía, Rosas tenía "una inteligencia práctica que le permitía conocer el alma de sus subordinados y doblegarla a su voluntad". Su capacidad para infundir miedo y respeto a partes iguales consolidó su dominio sobre la sociedad porteña y los sectores rurales. Adolfo Saldías, en su estudio sobre Rosas, también señala su habilidad para imponer disciplina y su talento para comprender la psicología de sus seguidores y adversarios.
El uso del terror como herramienta política fue una de sus principales estrategias. La Sociedad Popular Restauradora y la Mazorca no solo servían para eliminar opositores, sino también para reforzar la imagen de un líder omnipresente y omnipotente.
Más allá de su carácter despótico, Rosas tenía un carisma excepcional. Lograba generar una lealtad inquebrantable en sus seguidores, quienes veían en él a un líder paternalista.
"Sabía mostrarse como un protector, un hombre cercano a sus gauchos y soldados, sin perder nunca su autoridad absoluta", escribe Ramos Mejía.
Saldías, por su parte, señala que su dominio de las masas no se basaba solo en el miedo, sino en una capacidad innata para comprender los valores y aspiraciones del pueblo.
Una particularidad, según Ramos Mejía, fue que el Restaurador experimentaba episodios de insania. Durante estos ataques, solía saltar del caballo, correr frenéticamente mientras agitaba los brazos y lanzaba gritos estridentes, hasta caer exhausto al suelo. Sus médicos atribuían estos episodios a los “excesos de vida”. En otras ocasiones, golpeaba sin motivo a sus peones, y según relatos de sus contemporáneos, era un exhibicionista que se paseaba en calzoncillos por la sala, el patio e incluso por la plaza.
El 20 de octubre de 1838, Ezcurra falleció. Rosas se encerró en la habitación con su cadáver, cerrando la puerta con llave y atrancando el postigo. Lloró desconsoladamente y, de vez en cuando, abofeteaba a dos de sus criados, exigiéndoles información sobre ella. Corrió el rumor de que no la dejó confesarse, temeroso de lo que pudiera revelar. Supuestamente, al llegar el sacerdote, Rosas colocó su brazo debajo de la cabeza de la difunta y la movió para simular una confesión.
El Maestro de la Manipulación Política
Su dominio del lenguaje y su comprensión de las emociones humanas lo convirtieron en un maestro de la manipulación política. Controlaba la propaganda, imponía símbolos de lealtad como el uso del color punzó y fomentaba la adoración a su figura. Esta construcción de su imagen consolidó su poder por casi dos décadas. Sin embargo, su carácter violento y vengativo quedaba en evidencia en la persecución despiadada de sus enemigos, a quienes no solo castigaba con la muerte, sino con humillaciones públicas y represión familiar.
La combinación de pragmatismo, dureza y magnetismo personal hizo de Rosas un líder singular. Su psicología fue clave para el ejercicio del poder, basado en la disciplina, la lealtad extrema y el castigo implacable a quienes se oponían a su autoridad. Ramos Mejía resume su esencia en una frase contundente:
"Rosas no gobernaba, Rosas dominaba".
El Legado de Rosas: ¿Genio Político o Tirano?
El estudio de su personalidad sigue generando debates. ¿Fue un genio político o un tirano cruel? Lo cierto es que su carácter marcó profundamente la historia argentina del siglo XIX y su figura continúa siendo analizada y reinterpretada hasta hoy.