La mirada de una madre
Adolescencia, pantallas y la dictadura del cansancio

Periodista.
La miniserie Adolescencia nos sacude con una pregunta incómoda: ¿Qué modelos ofrecemos a nuestros hijos cuando el agotamiento nos empuja a delegar su formación en las pantallas? Criar "sweet boys" —varones sensibles y empáticos— requiere presencia, compromiso y la valentía de resistir la inercia del cansancio cotidiano.
Tengo un hijo de 13 años. Acabo de ver Adolescencia, la serie de Netflix de la que todos hablan, y escribo estas líneas con una mezcla de sentimientos. La historia es sobre Jamie, un adolescente que navega entre el bullying, la presión social y la confusión emocional, mientras su familia intenta comprender el dolor que esconde detrás de la pantalla. El dilema de la tecnología, confieso, me tiene un poco saturada. Estoy de acuerdo en el daño que provoca el abuso: adicción, embobamiento, apatía y muchos otros peligros que exacerban los dispositivos usados casi a tiempo completo. Pero no distraigamos la atención demonizando a nuevos enemigos. A los adultos —los padres, para ser precisa— nos falta más autocrítica.
Sí, claro, todos levantan la mano en la reunión de colegio o en el grupo de WhatsApp para limitar la exposición de los hijos a las pantallas. ¿Pero cuántos de esos padres se bancan al adolescente declarando la guerra en casa? Traduzco: peleas con hermanos, negativa a estudiar, a bañarse, a colaborar o simplemente a abstenerse de comentarios que intoxican el ambiente.
Muchos tenemos la convicción y la decisión de educar a nuestros hijos con esfuerzo y con ejemplo. Somos padres presentes, amorosos, atentos y contenedores. Pero mañana tenemos una presentación clave en el trabajo, debemos renegociar un contrato de alquiler que podría movernos el piso, llamar a nuestros padres enfermos, lidiar con la pelea del consorcio y con la bronca por el plomero que nos dejó plantados. Estamos cansados. Sí, hay que reconocerlo: nos sometemos a la dictadura del cansancio.
Y entonces, dale: 10 minutos más de tablet. Y dale: agarrá mi teléfono. Y dale: solo un juego con tu mejor amigo. Está bien, uno más. Nos puede el cansancio, la urgencia de resolver asuntos que —digámoslo claro— por necesidad o por elección se imponen a la dedicación a los hijos.
Hoy, algunos padres y madres podríamos jactarnos de reconocimiento, prestigio, solvencia o juventud eterna, pero renunciamos al lugar de paciencia infinita y al trabajo incansable e invisible que teje una red de valores capaz de contener los peligros que siempre acecharon. Nos horroriza ver lo que YouTube hace con nuestros hijos. Pero, ¿cuántos se comprometen a ponerle el cuerpo a esas 3, 4 o 5 horas de ocio infantil cuando las pantallas nos aseguran que nadie morirá al día siguiente? Ni nuestros hijos ni nosotros.
De repente, una película como Adolescencia nos golpea la puerta diciendo: sí, la vida de tu hijo puede estar en riesgo. Nos escandalizamos dos minutos, dos horas, dos días como mucho. Y vuelta a la rutina. Es difícil escapar del círculo vicioso de estos tiempos. La economía manda en la mayor parte de los casos. Y las ideas virtuosas o heroicas demandan algo que existe cada vez menos: convicciones sólidas en el reinado de la liquidez, compromisos profundos y firmes en tiempos de relativismo acomodado.
Ser padres presentes es un trabajo duro. Educar cuesta, duele, cansa. Muchos bajamos los brazos y pensamos que, por esta vez, no pasa nada. Y vamos por otra vez. Y una más. Después, nos asombra la tragedia. Nos espantan conductas que jamás imaginamos.
Muchas veces, los padres nos enredamos en la discusión sobre el uso excesivo de las pantallas -válida, por supuesto- pero pasamos por alto los verdaderos conflictos internos que nuestros hijos están procesando.
Me impactó cuando, en Adolescencia, la psicóloga pregunta al chico acerca de su idea de masculinidad. Lo hace averiguando qué tipo de hombre ha visto en casa. Jamie se niega a involucrar a su padre, a quien admira, para conseguir una respuesta.
—¿Cómo era la relación de tu padre con tu madre, con otras mujeres? ¿Era amable? ¿Tenía amigas?
Jamie se resiste a responder sobre eso que considera fuera de lugar. Pero luego queda en evidencia que su idea de masculinidad solo podrá ser respondida a través de aquello que ha visto y absorbido: su padre, la figura que tuvo enfrente.
Frente al shock de enterarse que su hijo se declara culpable de la muerte de una adolescente, el padre de Jamie trata de convencerse a sí mismo y a su mujer que ellos no tuvieron la culpa, que no podían controlar lo que su hijo hacía dentro del cuarto de su propia casa con un celular. “Nosotros no tenemos la culpa, no podemos pensar así”, dice con aparente razonabilidad. Pero la madre, con dolor contenido, se anima a decir:
—Tenía muy mal carácter. Como vos también lo tenés. Podríamos haberlo frenado antes. Es nuestro hijo... Nosotros lo hicimos así.
Fuerte, pero clarísimo para mí. Tengo dos hijos varones. Desde que nacieron, pensé en la importancia de criar sweet boys (así lo definí durante mi vida en Estados Unidos): varones capaces de explorar sus emociones, de nombrarlas y de hablar de ellas conmigo.
Había leído en una nota de Time que decía: , “Los niños dulces crecen para convertirse en hombres que reconocen la fuerza en la vulnerabilidad y la empatía. Hombres que no se sienten amenazados por la crítica o la competencia de quienes consideran ‘otros’... Los sweet boys son aquellos que reciben, por parte de sus padres y la sociedad, el permiso para sentir todo y expresar esas emociones sin vergüenza.”
Creo que los padres tenemos que ponernos al frente de los peligros que acechan hoy a nuestros hijos. Y no todos son tan terribles como la dictadura del cansancio, la falta de compromiso y de modelos que clarifiquen, contengan y eduquen.
Aunque mis hijos se mueran de vergüenza por estas palabras, tengo el propósito de criar sweet boys para un mundo donde la vulnerabilidad será, por fin, una fortaleza frente a la ira, el disimulo y el orgullo tradicionalmente masculinos. Porque prefiero desafiar sus ojos rodando que rendirme ante la dictadura del cansancio o de modelos equivocados.